“El libro de la almohada” – Sei Shonagon

Es difícil hablar sobre El libro de la almohada. Esta pequeña reseña no logra hacer justicia a todo lo que viene incluido en sus páginas. Tratar de definirlo lo hace parecer algo de fuera de este mundo. En cierta manera, lo es. La autora, Sei Shonagon, era una dama de la corte de la emperatriz Sadako, en el Japón feudal del siglo XI. La cultura del país del Sol Naciente permaneció casi aislada del resto del mundo durante siglos, lo cual hace que esta cultura, incluso a día de hoy, nos parezca casi de otro planeta. De hecho, el libro fue el primero de un género que no existe más allá de las islas niponas, el zuihitsu.

Este género, cuyo nombre se traduce como “seguir la escoba” o su versión más elegante, “seguir la pluma”, consiste en diarios de reflexiones, aforismos o poemas, escasamente ligados entre sí, generalmente sobre el entorno del autor (en este caso tenemos autora!) o eventos en los que el autor se ve involucrado. En cierta medida, una especie de mini-ensayos que se acercan a la línea de la prosa poética, pero sin ser claramente ninguno de los dos. Una especie de diario escrito para ser el mejor y más interesante diario que pueda ser.

Este libro, en su versión original, es inmenso. La autora incluyo en él listados de plantas, animales e insectos. El objetivo de esto es inocente, quería catalogarlo todo, absolutamente todo. La autora, por puro pasatiempo (hay pasajes que explican que la escritura era poco más que un pasatiempo para ella), intentó escribir algo que se acerca a el libro del que Borges habla en El libro de arena, un libro infinito donde estuviese absolutamente todo. Sei Shonagon, no obstante, es consciente de su fracaso, quizás por ello no quiso que su libro se editase o siquiera fuese mostrado en público. Esto se puede entrever en algunos pasajes.

Poco se sabe de la autora de esta obra: viene firmada por Sei Shonagon, que viene a ser un nombre bastante genérico, al estilo que acostumbran a tener otros autores de obras cumbres de la literatura asiática como Tsun Zu o Lao Tse. La palabra “Shonagon” hace referencia al título de dama de la corte, mientras que “Sei” es un nombre de familia, por lo que la autora de este libro es, literalmente, “la dama de la familia Sei”. Prácticamente, no se sabe nada más de ella que no sean conjeturas basadas en el contexto histórico en el que fue escrita esta obra. Se calcula que data del año 1002.

La mejor manera de describir este libro en una palabra sería: Listas. La mayoría de los pasajes son listas, una especie de ejercicio intelectual donde la autora intenta clasificar todas las cosas, tanto las que conoce de primera mano, como las que no, en listas. Una especie de intento de clasificación del mundo. Así, podemos encontrar listas de cosas agradables, envidiables o elegantes, junto a otras listas un poco más poéticas o abstractas, como cosas que están lejos, aunque estén cerca o cosas que hacen latir deprisa el corazón

las listas vienen aderezadas con fragmentos de poesía o historias raras o curiosas que acontecían en la corte. Todo escrito desde la sencillez y la elegancia que caracterizaban a alguien de la posición de Sei Shonagon. Esta descripción haga sonar al texto como un escrito muy banal, parece que no ofrece nada más allá de su exotismo. Pero no es así.

Es cierto que cada pasaje tiene virtualmente ninguna conexión con el anterior o el siguiente. No hay trama. No hay protagonista y por poco no puede decirse que no hay personajes (Aparte de la emperatriz, el emperador, la propia autora y un perro llamado Okinamaro, casi no aparecen personajes). Sin embargo, la propia autora nos da una pista al final de la obra, “he incluido cuanto he visto y he sentido”. La clave de esta obra es el contexto, cada lista, cada anécdota, dibujan una pincelada en este cuadro de la vida cortesana en la que se encontraba su autora. Leer este libro es como asistir a la creación de un cuadro de forma pausada, sin ninguna prisa que pueda hacer que el pintor pierda la concentración y sus pinceladas sean menos precisas. Este libro no busca una trama, sino reflejar lo cotidiano, para bien o para mal. Leer esta obra es sumergirse en la corte de un emperador japonés, pero sin asombrarse ni caer en el exotismo.

En cierta manera, esto es la mayor virtud y el mayor defecto de la obra. Sei Shonagon era una mujer criada en una mentalidad feudalista. Se limita a reflejar los aspectos interesantes de la vida palaciega de Japón y oculta todos sus defectos. Cierto es que hay listas de cosas desagradables o malas, pero no pasan de lo anecdotico El libro refleja el mundo visto desde una especie de bola de cristal donde solo entra lo bueno, hasta el punto de que cualquiera cosa que no sea buena o hermosa, es poco más que una curiosidad.

Por otra parte, algunos pasajes alcanzan una profundidad asombrosa. A través de la observación de cosas mundanas, la autora logra trascender lo cotidiano y hacer reflexiones sobre la vida, la muerte y la naturaleza. Incluso pueden apreciarse lamentos acerca del inmovilismo estamental de la sociedad feudal y los sueños frustrados de la autora (que bien podrían ser los sueños frustrados de cualquier mujer culta en aquella época), que preludian, con mil años de antelación al existencialismo.

El libro de la almohada, cuyo título en versión original es Makura no Sōshi, constituye un hito en la literatura universal. Una gema pulida con humildad que logra distanciarse de cualquier género. En sí mismo constituye un fracaso, puesto que la autora no logra completar su tarea de intentar catalogar todas las cosas, pero pocas veces se logra fracasar tan elegantemente.

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2 comentarios en ““El libro de la almohada” – Sei Shonagon

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